DESLIZ
La noche salpicada de gotas de rocío que perlan el farol en medio de la oscuridad, agonizan en vano intento por alcanzar la inmortalidad de un sepulcro infernal. El calor del farol, las desvanece y otras más vuelven a cubrir el frío metal, más frió que la muerte.
La muerte perla la noche, en su eterno intento por alcanzar lo que siempre ha sido suyo.
El suelo empedrado, cubierto por una lluvia que se niega a perecer en medio de la nada, se vuelve vivo con la luz mortecina de la lámpara de queroseno.
Las paredes húmedas, languidecen ante la belleza del rocío nocturno, pero todo ello, se contempla perfecto para expirar un último aliento de vida. Suspiros que se pierden en la lejanía del olvido y la ignorancia. Del miedo mismo. De la soledad perenne.
En días no ha dejado de llover y ahora la noche está en calma y el fuerte olor a tierra mojada, impregna el olfato sensible de aquellos sonámbulos que caminan a altas horas de la noche, esperando alcanzar una estrella, anhelando que el rocío nocturno nuble la depresión que causa el hastío de la soledad.
El suelo empedrado, cubierto por una lluvia que se niega a perecer en medio de la nada, se vuelve vivo con la luz mortecina de la lámpara de queroseno.
Las paredes húmedas, languidecen ante la belleza del rocío nocturno, pero todo ello, se contempla perfecto para expirar un último aliento de vida. Suspiros que se pierden en la lejanía del olvido y la ignorancia. Del miedo mismo. De la soledad perenne.
En días no ha dejado de llover y ahora la noche está en calma y el fuerte olor a tierra mojada, impregna el olfato sensible de aquellos sonámbulos que caminan a altas horas de la noche, esperando alcanzar una estrella, anhelando que el rocío nocturno nuble la depresión que causa el hastío de la soledad.
Una que otra sombra amorfa y despiadada, se esconde en los rincones más lúgubres aún; se quedan quietas al final de la calle que no parece tener fin. La luz mortecina de las lámparas de queroseno, mas las pequeñas gotas de agua iluminadas apenas por la tímida luz, impiden dar forma real a aquellos que en un vano intento, desean ser más reales de lo que jamás serán.
Dentro de una habitación más triste que la noche, el sudor perla, primero en la frente, luego en el labio superior. Una gota de sudor, se desliza por la frente y sigue su camino por la sien derecha, por el cuello hasta pasar por el medio de unos senos firmes y nobles; la misma gota no parece tener fin, no parece encontrar el fin de su camino.
Una mano derecha, acaricia la mejilla sudorosa de la mujer y la desliza hasta el largo y hermoso cabello; su mano llega hasta la nuca y la aferra con decisión, un mechón y la sujeta así. Luego besa con pasión los labios pequeños pero carnosos, en forma de corazón.
Tal vez no sea bella, tampoco fea, no importa.Ambos se pierden en un sinfín de sensaciones, sabores y sonidos placenteros. La noche es húmeda y cálida en la habitación. La luz, todavía más mortecina que reciben de la calle, es suficiente para ver lo que tienen que ver, lo que tienen que sentir lo sienten, todo lo demás carece de importancia.
Después de largos minutos, quizá horas, la pasión culmina y los dos cuerpos descansan.
Más tarde, el hombre se viste en silencio, abre la puerta con cuidado y se encamina por el pasillo, baja los escalones para salir luego a la calle.
Su figura se pierde en la calle larga y solitaria en aquellas horas de la noche.
Los sueños de inmortalidad, quedan truncos sobre la cama.
El cuerpo desnudo y joven de la mujer, yace inmóvil en el lecho; y no podrá moverse jamás, tampoco podrá saborear las mieles del amor.
Las blancas sábanas aún húmedas, languidecen al contacto de un líquido púrpura que fluye del cuerpo sin vida de Catalina.
La noche es larga y la pasión aflora en el cuerpo fuerte y vigoroso de Manuel, que aún ansía hacer el amor con pasión. Los momentos vividos horas antes, no amainan su deseo carnal.
En una esquina, bajo otro farol con la misma lúgubre luz, Herminia espera la llegada de algún solitario y perdido caballero y Manuel se siente como tal.
Llega hasta la mujer voluptuosa y morena; le promete seguir viendo las estrellas bajo el techo de un sepulcro inmortal. Ella no entiende las palabras del hombre, pero suenan a que es alguien importante e inteligente. Está feliz del encuentro y sueña que pronto saldrá de esa vida llena de aliento a alcohol y moretones en su piel, sobre todo, de descalabros en su corazón.
Recuerda Herminia a sus tres hijos y suspira hondo, cuando la toma del brazo el gentil caballero. Piensa que ésa mágica visión, transformará su humilde casa, en un castillo lineal. Se cree, que sus vástagos, serán gente de bien y no viles ladronzuelos.
Lo que queda de a noche aún se puede valorar y gozar al máximo. Es válido soñar en un mundo como el de Herminia, ¿Pero es que acaso se puede dejar de soñar en el mundo de las Herminias? Puede ser lo único que las mantenga en pie, o de cama en cama, de hotelucho en hotelucho.
Comienza a llover y la lluvia opaca los sonidos de aquel cuartucho de vecindad. La lluvia nubla la sensibilidad de Herminia que se deja llevar por las caricias pecadoras y conocedoras de su gentil y apuesto caballero.
En el momento de mayor éxtasis, Manuel recuerda los rostros que ha tenido en las camas donde ha hecho el amor una y otra vez. Los sitios oscuros y escondidos de cualquier rincón, de cualquier parque escondido y olvidado por sus moradores. Sus únicos testigos de aquel extravío pasional, son las estrellas, la lluvia y la noche, pero son testigos mudos de un crimen demencial.
Manuel recuerda al mismo tiempo, cómo una mujer adúltera y mayor que él, le forzó y envolvió en las primeras caricias, en el primer acto sexual cuando apenas tenía doce años de edad. Jamás supo si gustó de ello o si ello le asustó y frenó para amar como cualquier enamorado ama. Como él mismo no podía amar. Pero ¿Acaso no habrá soñado el encuentro con tan refinada dama?
Amaba a todas las mujeres, así como también las odiaba por no pertenecerle eternamente.
Ya los primeros signos de luz le sorprenden camino a casa; un par de horas más adelante, tendrá que ir al trabajo.
Gran y prominente abogado, felizmente casado y con dos hijas a las que amaba profundamente; le colmarían de besos en cuanto le vieran llegar y eso, él lo ansiaba. Necesitaba sentirse amado por aquellas ingenuas mujercitas.
Unos metros detrás de él, el cuerpo cercenado y sin vida de Herminia, yace en el suelo de aquel cuartucho de vecindad.
Los días pasan y la perenne monotonía de su vida, le atormenta su corazón y su mente desquiciada; vislumbra la pasión de volver a amar con frenesí, una, dos veces, las que sean suficientes para amortiguar, para adormecer sus instintos insatisfechos.
Llega el día en que vuelve a salir, en que siente que esas cuatro paredes le sofocan hasta quitarle el aliento y las ganas de vivir.
Pule su apariencia lo mejor que puede y miente con descaro y paciencia a su compañera, la sombra de su sombra.
Se escabulle por las calles pululentas, llenas de ratas de dos y cuatro patas, las esquiva a unas, las enfrenta a otras. No pierde el tiempo, el tiempo es oro y el oro es su esencia misma.
Son las diez de la noche y ya yace otra víctima de su insana pasión, pero matar le es tan normal, como el soñar, el respirar o caminar. No siente remordimiento, sólo alivio y el alivio es necesario para los negocios sucios y turbulentos. Son las diez con veinte y sus pasos suenan huecos a pesar de las charcas que mojan sus lustrados, limpios y caros zapatos. Su andar es sereno y corto. No tiene prisa, al menos no lo demuestra.
Una luz especial, más brillante que la de las lámparas mortecinas, llama su atención. Es una mágica luz alentadora, es como un imán que le llama a seguirle.
Está al final de la calle, en una esquina; se acerca presuroso, ya no va lento. Sabe que le espera lo tan ansiado y no quiere perderse en la necedad de la negación. A medida que se acerca, se percata que es una silueta femenina, perfecta y diferente de cuantas ha conocido y amado.
La mujer mágica, parece perdida; parece no pertenecer a ese pestilente y lúgubre lugar, parece no pertenecer a ningún lugar de este mundo.
Ella voltea hacia donde él viene y le ignora, le da la espalda.
Como siguiendo el llamado desesperado y en silencio que Manuel le hace, la sensual figura se vuelve para verlo de frente. El queda paralizado y se para en seco, sin moverse, sin saber qué decir o hacer.
Es hermosa e intrigante, como la noche misma, brillante y llena de vida como la luz del día.
Su piel tan clara, que pareciera competir con la invisibilidad que la luz refleja. Su cabello tan oscuro, como la noche sin fin; largo como el mismo tiempo; sedoso como la caricia del amante ajeno. Sus ojos grandes y hermosos, parecen penetrar hasta lo más íntimo de sus pensamientos, de su historia misma.
Sus labios son tentadores, carnosos y sensuales, que invitan a un beso robado, quizá más.
Ella sonríe y sus blanquisimos dientes, irradian más luz que la luz del día en plena oscuridad.
Manuel siente que es tocado por la mano de Dios y ya desea con desesperación ese cuerpo perfecto, firme y bello. Sus piernas largas y hermosamente femeninas, le invitan a soñar con la eternidad más allá de la misma muerte, más allá del tiempo inmisericorde y desconocido para todo aquel que se siente “humano”.
Se acerca a la figura etérea y su aroma lo embarga y hechiza hasta la locura, aquella insensatez que aún desconoce.
Sabe que desde ahora será su esclavo inmortal, aunque sea en un submundo sepulcral.
Ella sonríe de nueva cuenta y habla antes que Manuel.
-Disculpe que le moleste, es que estoy perdida.- Antes de que él pueda decir algo, ella prosigue. –No soy de aquí, vengo como turista y me he confundido al caminar por estas extrañas calles. ¿Podría indicarme cómo llegar hasta el centro de la ciudad? ¿Sería tan amable?
-Cla… claro que sí, no faltaba más. Es sumamente peligroso caminar a estas horas en este lugar.
Ella le mira extrañada. Manuel no parece pertenecer a ese sitio. Sus ropas y forma de hablar, distan mucho del lugar.
-Permítame presentarme. Soy Abogado y vengo de visitar a un cliente. Me llamo Manuel Méndez. Permítame acompañarla hasta donde se hospeda, que yo voy para el centro también. Una cuadra más adelante, y ahí tomaremos mi vehículo para llegar pronto.
La forma de hablar del hombre así como su gallardura y caballerosidad, hacen confiar demasiado a la hermosa y distante mujer.
En el camino, charlan cual si fueran antiguos conocidos, y sin pensarlo ella, una cosa lleva a la otra. Los dos jóvenes o maduros y atractivos desconocidos y lejos de miradas impertinentes, permite que la pasión fluya entre los dos.
Los besos cada vez más candentes, les obliga a buscar un lugar más cómodo y entran a un sitio mejor que el auto de Manuel.
Dentro, hacen una pausa para despojarse de sus ropas, para despojarse de todo aquello que les estorbe para sentir piel con piel.
Sobre la cama, los gemidos y sonidos de las cálidas, delirantes y embriagadoras caricias, dejan opacos los ruidos de una calle que agoniza en la penumbra de la ignorancia.
Afuera, en el pasillo, se escucha un llanto que proviene del cuarto número doce, donde Manuel y la bella han entrado minutos antes. No es el llanto de una mujer, sino el llanto de un hombre.
A Manuel se le humedecen los ojos con su llanto y pesar de ello, aún puede ver la silueta perfecta e inviolable de la mujer que en ropa interior, comienza a vestirse y sólo voltea a verle, para decir las últimas palabras que escuchará de ella y de nadie más.
-No me gustan los hombres como tú, que huelen a muerte.
-Sí, Manuel, hueles a muerte y muerte te doy, así dejarás de sufrir, te lo aseguro. La muerte ya viene por ti, entonces dejarás de oler como ella.
Manuel no llora porque ella lo haya apuñalado sin misericordia hasta la muerte, llora porque no pudo hacerle el amor a la única mujer que ha amado hasta morir.
Ni siquiera pudo acariciarla a placer; pronto ella le hirió para pronto marcharse y no verla más, ni después de la muerte, esa que creía su aliada y compañera de farra. Compañera en aquellas noches de cacería pasional.
Dentro de una habitación más triste que la noche, el sudor perla, primero en la frente, luego en el labio superior. Una gota de sudor, se desliza por la frente y sigue su camino por la sien derecha, por el cuello hasta pasar por el medio de unos senos firmes y nobles; la misma gota no parece tener fin, no parece encontrar el fin de su camino.
Una mano derecha, acaricia la mejilla sudorosa de la mujer y la desliza hasta el largo y hermoso cabello; su mano llega hasta la nuca y la aferra con decisión, un mechón y la sujeta así. Luego besa con pasión los labios pequeños pero carnosos, en forma de corazón.
Tal vez no sea bella, tampoco fea, no importa.Ambos se pierden en un sinfín de sensaciones, sabores y sonidos placenteros. La noche es húmeda y cálida en la habitación. La luz, todavía más mortecina que reciben de la calle, es suficiente para ver lo que tienen que ver, lo que tienen que sentir lo sienten, todo lo demás carece de importancia.
Después de largos minutos, quizá horas, la pasión culmina y los dos cuerpos descansan.
Más tarde, el hombre se viste en silencio, abre la puerta con cuidado y se encamina por el pasillo, baja los escalones para salir luego a la calle.
Su figura se pierde en la calle larga y solitaria en aquellas horas de la noche.
Los sueños de inmortalidad, quedan truncos sobre la cama.
El cuerpo desnudo y joven de la mujer, yace inmóvil en el lecho; y no podrá moverse jamás, tampoco podrá saborear las mieles del amor.
Las blancas sábanas aún húmedas, languidecen al contacto de un líquido púrpura que fluye del cuerpo sin vida de Catalina.
La noche es larga y la pasión aflora en el cuerpo fuerte y vigoroso de Manuel, que aún ansía hacer el amor con pasión. Los momentos vividos horas antes, no amainan su deseo carnal.
En una esquina, bajo otro farol con la misma lúgubre luz, Herminia espera la llegada de algún solitario y perdido caballero y Manuel se siente como tal.
Llega hasta la mujer voluptuosa y morena; le promete seguir viendo las estrellas bajo el techo de un sepulcro inmortal. Ella no entiende las palabras del hombre, pero suenan a que es alguien importante e inteligente. Está feliz del encuentro y sueña que pronto saldrá de esa vida llena de aliento a alcohol y moretones en su piel, sobre todo, de descalabros en su corazón.
Recuerda Herminia a sus tres hijos y suspira hondo, cuando la toma del brazo el gentil caballero. Piensa que ésa mágica visión, transformará su humilde casa, en un castillo lineal. Se cree, que sus vástagos, serán gente de bien y no viles ladronzuelos.
Lo que queda de a noche aún se puede valorar y gozar al máximo. Es válido soñar en un mundo como el de Herminia, ¿Pero es que acaso se puede dejar de soñar en el mundo de las Herminias? Puede ser lo único que las mantenga en pie, o de cama en cama, de hotelucho en hotelucho.
Comienza a llover y la lluvia opaca los sonidos de aquel cuartucho de vecindad. La lluvia nubla la sensibilidad de Herminia que se deja llevar por las caricias pecadoras y conocedoras de su gentil y apuesto caballero.
En el momento de mayor éxtasis, Manuel recuerda los rostros que ha tenido en las camas donde ha hecho el amor una y otra vez. Los sitios oscuros y escondidos de cualquier rincón, de cualquier parque escondido y olvidado por sus moradores. Sus únicos testigos de aquel extravío pasional, son las estrellas, la lluvia y la noche, pero son testigos mudos de un crimen demencial.
Manuel recuerda al mismo tiempo, cómo una mujer adúltera y mayor que él, le forzó y envolvió en las primeras caricias, en el primer acto sexual cuando apenas tenía doce años de edad. Jamás supo si gustó de ello o si ello le asustó y frenó para amar como cualquier enamorado ama. Como él mismo no podía amar. Pero ¿Acaso no habrá soñado el encuentro con tan refinada dama?
Amaba a todas las mujeres, así como también las odiaba por no pertenecerle eternamente.
Ya los primeros signos de luz le sorprenden camino a casa; un par de horas más adelante, tendrá que ir al trabajo.
Gran y prominente abogado, felizmente casado y con dos hijas a las que amaba profundamente; le colmarían de besos en cuanto le vieran llegar y eso, él lo ansiaba. Necesitaba sentirse amado por aquellas ingenuas mujercitas.
Unos metros detrás de él, el cuerpo cercenado y sin vida de Herminia, yace en el suelo de aquel cuartucho de vecindad.
Los días pasan y la perenne monotonía de su vida, le atormenta su corazón y su mente desquiciada; vislumbra la pasión de volver a amar con frenesí, una, dos veces, las que sean suficientes para amortiguar, para adormecer sus instintos insatisfechos.
Llega el día en que vuelve a salir, en que siente que esas cuatro paredes le sofocan hasta quitarle el aliento y las ganas de vivir.
Pule su apariencia lo mejor que puede y miente con descaro y paciencia a su compañera, la sombra de su sombra.
Se escabulle por las calles pululentas, llenas de ratas de dos y cuatro patas, las esquiva a unas, las enfrenta a otras. No pierde el tiempo, el tiempo es oro y el oro es su esencia misma.
Son las diez de la noche y ya yace otra víctima de su insana pasión, pero matar le es tan normal, como el soñar, el respirar o caminar. No siente remordimiento, sólo alivio y el alivio es necesario para los negocios sucios y turbulentos. Son las diez con veinte y sus pasos suenan huecos a pesar de las charcas que mojan sus lustrados, limpios y caros zapatos. Su andar es sereno y corto. No tiene prisa, al menos no lo demuestra.
Una luz especial, más brillante que la de las lámparas mortecinas, llama su atención. Es una mágica luz alentadora, es como un imán que le llama a seguirle.
Está al final de la calle, en una esquina; se acerca presuroso, ya no va lento. Sabe que le espera lo tan ansiado y no quiere perderse en la necedad de la negación. A medida que se acerca, se percata que es una silueta femenina, perfecta y diferente de cuantas ha conocido y amado.
La mujer mágica, parece perdida; parece no pertenecer a ese pestilente y lúgubre lugar, parece no pertenecer a ningún lugar de este mundo.
Ella voltea hacia donde él viene y le ignora, le da la espalda.
Como siguiendo el llamado desesperado y en silencio que Manuel le hace, la sensual figura se vuelve para verlo de frente. El queda paralizado y se para en seco, sin moverse, sin saber qué decir o hacer.
Es hermosa e intrigante, como la noche misma, brillante y llena de vida como la luz del día.
Su piel tan clara, que pareciera competir con la invisibilidad que la luz refleja. Su cabello tan oscuro, como la noche sin fin; largo como el mismo tiempo; sedoso como la caricia del amante ajeno. Sus ojos grandes y hermosos, parecen penetrar hasta lo más íntimo de sus pensamientos, de su historia misma.
Sus labios son tentadores, carnosos y sensuales, que invitan a un beso robado, quizá más.
Ella sonríe y sus blanquisimos dientes, irradian más luz que la luz del día en plena oscuridad.
Manuel siente que es tocado por la mano de Dios y ya desea con desesperación ese cuerpo perfecto, firme y bello. Sus piernas largas y hermosamente femeninas, le invitan a soñar con la eternidad más allá de la misma muerte, más allá del tiempo inmisericorde y desconocido para todo aquel que se siente “humano”.
Se acerca a la figura etérea y su aroma lo embarga y hechiza hasta la locura, aquella insensatez que aún desconoce.
Sabe que desde ahora será su esclavo inmortal, aunque sea en un submundo sepulcral.
Ella sonríe de nueva cuenta y habla antes que Manuel.
-Disculpe que le moleste, es que estoy perdida.- Antes de que él pueda decir algo, ella prosigue. –No soy de aquí, vengo como turista y me he confundido al caminar por estas extrañas calles. ¿Podría indicarme cómo llegar hasta el centro de la ciudad? ¿Sería tan amable?
-Cla… claro que sí, no faltaba más. Es sumamente peligroso caminar a estas horas en este lugar.
Ella le mira extrañada. Manuel no parece pertenecer a ese sitio. Sus ropas y forma de hablar, distan mucho del lugar.
-Permítame presentarme. Soy Abogado y vengo de visitar a un cliente. Me llamo Manuel Méndez. Permítame acompañarla hasta donde se hospeda, que yo voy para el centro también. Una cuadra más adelante, y ahí tomaremos mi vehículo para llegar pronto.
La forma de hablar del hombre así como su gallardura y caballerosidad, hacen confiar demasiado a la hermosa y distante mujer.
En el camino, charlan cual si fueran antiguos conocidos, y sin pensarlo ella, una cosa lleva a la otra. Los dos jóvenes o maduros y atractivos desconocidos y lejos de miradas impertinentes, permite que la pasión fluya entre los dos.
Los besos cada vez más candentes, les obliga a buscar un lugar más cómodo y entran a un sitio mejor que el auto de Manuel.
Dentro, hacen una pausa para despojarse de sus ropas, para despojarse de todo aquello que les estorbe para sentir piel con piel.
Sobre la cama, los gemidos y sonidos de las cálidas, delirantes y embriagadoras caricias, dejan opacos los ruidos de una calle que agoniza en la penumbra de la ignorancia.
Afuera, en el pasillo, se escucha un llanto que proviene del cuarto número doce, donde Manuel y la bella han entrado minutos antes. No es el llanto de una mujer, sino el llanto de un hombre.
A Manuel se le humedecen los ojos con su llanto y pesar de ello, aún puede ver la silueta perfecta e inviolable de la mujer que en ropa interior, comienza a vestirse y sólo voltea a verle, para decir las últimas palabras que escuchará de ella y de nadie más.
-No me gustan los hombres como tú, que huelen a muerte.
-Sí, Manuel, hueles a muerte y muerte te doy, así dejarás de sufrir, te lo aseguro. La muerte ya viene por ti, entonces dejarás de oler como ella.
Manuel no llora porque ella lo haya apuñalado sin misericordia hasta la muerte, llora porque no pudo hacerle el amor a la única mujer que ha amado hasta morir.
Ni siquiera pudo acariciarla a placer; pronto ella le hirió para pronto marcharse y no verla más, ni después de la muerte, esa que creía su aliada y compañera de farra. Compañera en aquellas noches de cacería pasional.
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desconsertante historia una vida de un asesino que es abogado con dos hijas , producto de un trauma de niño , incapas de olvidar se desquita con las mujeres que se cruzan en su camino , un tanto realista desconsertante realista..
ResponderEliminarCristian, ya leiste el Monólogo de una dualidad? Te invito para que la leas. Espero subir más historias,,diferentes.
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